viernes, 9 de marzo de 2018




COMO UN PÁJARO CIEGO
   Juan Munoz

Tras quince años, sobrevolaba la noche del Caribe, dejando atrás Norteamérica. Si había sido un cerebro en fuga, ahora estaba de regreso. Quiso entablar conversación con su vecina de silla, una mujer de edad avanzada que venía de pasar vacaciones en casa de su familia en Florida, y que hizo una mueca de dolor al oírle pronunciar el nombre del lugar adonde iba. El hombre no quiso prestarle mayor atención y echó un vistazo por la ventanilla. La oscuridad reinaba allá afuera. Tenía motivaciones para emprender la aventura.
–Joven, ¿usted sabe bien lo que está haciendo?
Volteó a mira a la mujer. Por decencia, aunque decepcionado por el pesimismo resultante del primer contacto con una compatriota en tanto tiempo, respondió:
–Por su puesto. Voy a trabajar en mi área de formación. Algo que no me brindó el país que me dio la mano años atrás…
Los argumentos quedaron a medias y con mal sabor. Sí, se había formado con creces en los altos estándares de la academia, aprovechando becas y préstamos, pero a la hora de conseguir trabajo, en la misma universidad, en un college o en una escuela en el que se pudiera enseñar español y literatura, todas las puertas se cerraron. Para pagar las deudas dejadas por los estudios, tarjetas de crédito, viajes a congresos, adquisiciones bibliográficas por Amazon.com, más los desequilibrios emocionales que le causó la ruptura con su pareja –otra estudiante de doctorado que lo cambió por mejores rumbos–no quedaba otra que conseguirse empleos de servicio a la clientela: subcontratado para una compañía aérea de prestigio, conducía puentes mecánicos para recibir vuelos atrasados en la madrugada, empujaba sillas de ruedas por todo el circuito de migración y apaciguaba con mentiras o disculpas a pasajeros iracundos durante  tormentas de nieve… o entrenado para responder las llamadas que un programa informático hacía, a ciegas y al azar, a deudores morosos del triple paquete teléfono fijo-Internet-cable, los que respondían con insultos a tan descarado acoso. Tanto la mayoría de pasajeros como la de los usuarios del servicio de telecomunicaciones no tenían ni la mitad de la escolaridad que él ostentaba. Su diploma en la pared comenzaba a ponerse amarillo. Su sed de conocimiento forjó su grillete y cadena. El sistema necesita de esclavos ilustrados, eruditos endeudados.  
–Y su familia, ¿estuvo de acuerdo con su decisión?
–Sí… ellos saben que es lo mejor para mí y mi carrera.
En ese momento, el auxiliar de vuelo les ofreció algo de beber. No había muchas opciones en el típico menú de vuelo de tarifa económica Orlando-Bogotá: café, gaseosa o jugo en caja. También un snack con nombre alemán para engañar el hambre. La mujer pidió agua; él, una Canada Dry, quizás el jengibre le calmara la amargura de los recuerdos, la incomodidad del momento presente y le devolviera el furor del futuro. Le esperaba una noche de sueño sobre bancas del aeropuerto El Dorado, antes de abordar un vuelo de Avianca a las diez y media de la mañana siguiente, rumbo Aeropuerto Gustavo Artunduaga. Rutina de cualquier viajero: bastante preparación tenía ya en duermevelas en Madrid, Roma, Londres, Kiev y Tiflis, lugares en los que estuvo en distintos momentos de su vida. Inútil preguntarse cómo había llegado allí.
-¿Ah sí? – dijo la mujer retomando la conversación y con tono incrédulo– ¿Sus padres viven allá o en Colombia?
-No, allá…- respondió con el índice apuntando hacia atrás, por encima del hombro.
El joven profesor recordó aquel domingo en la cocina de su madre. En el patio, el pasto, aunque amarillo por la reciente nieve, empezaba a levantarse, mientras que el perro labrador lo olfateaba y ladraba a las ardillas que lo miraban desde los árboles desnudos y los cables de luz entrelazados. Junto a la puerta de vidrio corrediza, había una mesa redonda en la que reposaban dos tazas de café, una canasta de muffins y la laptop. En la pantalla se proyectaba un documental, dividido en varios videos, sobre la vida de unos hombres y mujeres internados en los montes espesos. La madre sabía de las simpatías por la izquierda de su hijo, simpatías que son más bien síntomas de intelectual fraguado en la comodidad de la distancia, el halo romántico y humanista, exotismo labrado en bares de campus. Prométame que no se va a unir a ellos… que no se va ir a dar bala por allá”. Él sonrió y le dio un beso en la frente: “mami, yo solo sé dar clases, leer y escribir”. La madre se tranquilizó. “Además, no tengo la salud para vivir lejos de las comodidades de la ciudad. ¡Cómo se le ocurre!”.
Las madres llevan en su corazón el oráculo de todo hombre. Desde que este deja su vientre hasta el umbral que se cruza con una mochila recién empacada, la vida se balanceará para contradecir o confirmar el pesimismo materno, el amor natural.
La pasajera de al lado era igualmente madre, por partida doble generacional. En la silla del pasillo, estaba su nieta, con la que discutía sobre los problemas ocasionados por la convivencia en casa de sus parientes en Miami. Nadie entiende a los viejos y mucho más si vienen de un país en donde las ollas tienen que estar puestas con tan delicada ceremonia que se hace estorboso en el horario pragmático y agitado del gringo robotizado.
La nieta quería estudiar literatura y, sin embargo, no hubo mayor conversación entre el profesor y ella, ningún juego de pedantería sobre nombres de autores y libros, ningún atisbo de seducción, ningún bluf intelectual. El cuerpo de la abuela los separaba. También los propios pensamientos del profesor, y quizás, de la muchacha misma.
-En serio, ¿su mamá no le dijo nada?
-No.
-¿Y su papá?
-Que siempre para adelante.  Siempre me ha apoyado en todos mis proyectos.
-¿Y tiene usted adónde llegar allá?
-No, no conozco a nadie.
-¿Cómo? ¿No tiene en donde va a dormir?
-No.
Cualquier viajero experimentado habría respondido, cualquier usuario de Couchsurfing habría dado su opinión, con variaciones según el estado de ánimo y el grado de empatía que le despertara aquella mujer: “Señora, existen hoteles o gente que disfruta acogiendo forasteros”. Pero su pregunta, más allá de las obviedades, se enraizaba en las profundidades del terror, y desnudaba al escritor a tal punto que le hizo confesar: “ni siquiera sé si realmente tengo el empleo. No tengo la convalidación de mis títulos. No tengo nada que perder. Voy a hablar en la Universidad si no hay problemas con mi vinculación. Si no se puede, me quedaré un día o dos para conocer la ciudad… ver la selva y los ríos”, dijo con el sueño romántico de guacamayos y loras que pudieran verse a simple vista en el paisaje, como pueden verse los mapaches o los zorrillos en algunas ciudades del Norte, en noches frescas de verano o cálidas de otoño.
–Usted no se ve con cara de tener mucha plata –prosiguió la dama.
El hombre se rio del comentario. Inútil profundizar demasiado en ese tema cuando la facha hippie y la flacura delatan. Llevaba a penas lo necesario para comenzar a vivir durante un mes antes de que recibiera el primer pago o para regresar a la casa paterna en calidad de náufrago.
–Tranquila. Tengo lo suficiente como para vivir tres meses
–¡Cómo quisiera creerle! –exclamó la pitonisa mientras que la nieta le sugería que no fuera tan entrometida.
–¡Pues créame! –afirmó con una sonrisa de servicio a la clientela, la que tanto había trabajado gracias a sus antiguos empleos.
–¡Ay, papito! –dijo la mujer en un tono triste –¿Usted por qué va por la vida como un pájaro ciego?
El pájaro ciego migra según las estaciones. No necesita ver, solo dejarse llevar por fluctuaciones electromagnéticas, el viento o por los caminos que forman los astros para llegar a un nido remoto. No importa volar, solo mantenerse a flote, como tomar aire en un sueño en que las ciudades y las paredes vienen por sí solas, sobre una cinta elíptica.
-¡Caquetá!... –decía la dama, con el pecho inflamado a punto de desangrarse.
Y seguramente venían ecos de noticieros a la mente: San Vicente del Caguán… los años floridos del raspachín… los bloqueos en las carreteras que borraban el mundo exterior de la realidad… toma guerrillera de Florencia… gobernador asesinado… paramilitares del sur… minas quiebrapatas… secuestros de colombo-extranjeros y mucho calor.
–Bueno, no hay que ir a está allá para uno darse cuenta de la realidad tan jodida de este país –agregó la señora, pensativa –Mi hijo, el tío de esta señorita aquí presente, vive en Bogotá y fue gerente de un banco. Un día lo siguieron en el carro, lo intersectaron y lo dejaron en calzoncillos en un potrero, sin un peso… 
El profesor mostró empatía por ese relato, imaginando al pobre hombre desnudo en un cuadrado verde del amanecer bogotano, pero la conversación se dio por terminada. El avión debía estar en algún lugar entre Jamaica y Colombia. La monotonía del vuelo, la incomodidad de la situación, la fatiga hicieron que el hombre fuera apoyando la cabeza contra la ventanilla. El pájaro ciego no vuela, solo flota, y el mundo viene a él esquivándolo, arrastrándose debajo de sus patas, como en el sueño que empieza y que, para el escritor, se vuelve trampa recurrente en sus escritos. Se duerme para hacer elipsis de las banalidades de la vida y del tiempo muerto. Se entra en inconsciencia para hacer avanzar el relato. Se hacen flashbacks, se viaja hacia la infancia, la adolescencia que es lo mismo, el pasado que es la adultez, luego de quince años o más, como cerebro que se fuga de la fuga y vuelve al nido, que está lleno de espinas e incógnitas.
Las imágenes hipnagógicas: rostros de pasajeros que se repiten en aeropuertos y aviones, sosías cruzando geografías difusas. Los que llevan la identidad en sus pasaportes no son más que  versiones del trashumante sapiens, condenado a errar fuera del paraíso. En eones, América del Norte se separa del Sur; el avión deja el mar y entra en la costa; a lo lejos se alzan los Andes y, mucho más allá, se explayan el llano y la selva. El Caquetá tiene forma de polígono, tirando a un paralelogramo, que si se desplazara hacia el norte, sería tan extenso como Siberia. También se dice que, en la Serranía del Chiribiquete, hay manos más grandes que las del sapiens trashumado, manos gigantes para ocultarse el rostro repetido, manos que se deslizan como alas por la ropa, manos que te tocan.      
-Despierte, señor, estamos a punto de aterrizar. Enderece su asiento.
Estaba desorientado. Luego notó que sus vecinas no estaban.
-La señora nos contó que usted va a dormir en el aeropuerto de Bogotá y luego viaja mañana al Amazonas ¿Brasil?–dijo el auxiliar de vuelo en un español contaminado por el inglés. – Pasamos a la señora a las sillas de adelante para que esté más cómoda su rodilla y pueda estirar las piernas. Ella le mandó esto –dijo entregándole una bolsa blanca– Es lo que sobró de la cocina, señor. Le deseamos un buen viaje...
Era una bolsa llena de los snacks con nombre alemán y jugos en caja como para comer durante doce horas.  
El avión aterrizó en El Dorado. Faltaban diez minutos para las cero horas, el día siguiente era un primer lunes de agosto. Los pasajeros ocuparon rápidamente el pasillo, dejando sentado al hombre, con la bolsa de comida en las manos, más atontado por la siesta que meditabundo.
Salió de último, cruzándose con la mujer que había pedido asistencia en silla de ruedas y se quejaba de la demora frente a su nieta. Las saludó y agradeció el detalle de la bolsa. La mujer lo bendijo y él siguió su camino por el túnel gris. Todavía tenía motivaciones para emprender esa aventura. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa para buscar el pasaporte y las informaciones del próximo vuelo. Palpó algo de contextura diferente. Eran veinte mil pesos colombianos. Inútil preguntarse cómo habían llegado a él.


domingo, 24 de julio de 2011

LA REINA DE MIS DINOSAURIOS (Noches pacíficas del Quartier de Rosemont. Texto escrito alrededor del otoño de 2002).




Escucho pasos en el techo.
Y no son los del vecino y su familia haitiana
—siete niños iguales que siempre lloran y gritan
Para que nos los lleven a la guardería.

Pasada la medianoche, salto de mi cama.
Un rugido en la calle, un segundo de silencio.
Un auto se estrella.

Las ramas de los árboles
Proyectan un tiranosaurio.
Lo veo en la pared,
Pared de diplomas extranjeros
Que no sirven para nada.

El animal se mueve
Y llega a mi escritorio,
Y los libros de gramática francesa:
“¡No entiendo nada, tabernáculo!”.

El tiranosaurio se enfurece
Si me aventuro a encender la luz:
Bouge pas, maudit Juan!”.

Es cuando me digo:
“¿Por qué soy tan estático?
¿Por qué me dejo dominar por un tiranosaurio?”

Algo estornuda en el armario.
Sale el triceraptos
Que le compré a mi hermana
En el Dollarama
(Qué rima tan bien ganada
Sin esfuerzo).

El de cuernos se lanza al ruedo
Y yo, que poco amigo soy
De la fiesta brava,
Me dispongo a ver el enfrentamiento
De las bestias jurásicas
Con el mismo apasionamiento
Que le brindo
A un partido de hockey
Entre lavadoras y secadoras
(Grito: Viva Boston,
Viva Boston,
Boston…
En silencio
Para que
Los de las banderas
Rojiazules no me linchen
En el Parque del Pelícano
-pero, estí, que yé a-í lé Maladiens)

Los dos animales se sacan chispas
Y todo el vecindario se despierta.
El vecino salvadoreño de abajo
Pregunta si estoy bien
En clave morse
Con su escoba
(tan pequeño, me comenta el señor,
Pero caminás como
Un gigante de un metro ochenta
—¡Ja! Fo qui uuuú)

Tanta agresividad contenida,
Tanto malestar y desagradecimiento,
Por Dios Santo, ¿en dónde quedan
Las esperanzas del multiculturalismo
En una ciudad de cartón
Y de hielo?

Mi cabeza me da vueltas
—Mierda, no tengo más Tylenol.

Dos helicópteros parten
En círculos el cielo nublado.

Los dinosaurios siguen luchando
A lo largo del Boulevard Pie IX,
Cerca de la Olímpica Taza Sanitaria.

Las ambulancias encuentran su
Camino en medio de drogadictos
Jugando al gusanito
Por la calle Hochelaga
Y los hospitales toman una pausa
De seis horas para declararse en huelga.

El mundo parece llegar a su Apocalipsis,
El San Lorenzo se traga esta isla
Y solo deja a flote la cruz de Mont-Royal.

Pero lo único que ocurre es que
Se apaga el letrero del
Dépanneur de la esquina.

Y que tú, Ô Ma Blasfem(m)e,
manifiestas tu presencia.
Apaciguas el caos
Gravitando en un biodomo cósmico.

Los monstruos prehistóricos mueren
Por obra y gracia de tu belleza
Y tus ojos que me preguntan,
Serenos y claros:
« Est-ce que je t’ai manqué? »,

Respondo rápidamente que sí,
Como un tonto muerto de hambre.

«Bon… je dois y aller ».

« Non, reste ! Il y a la place dans mon lit », le imploro.

Mordiéndose el labio inferior, ella se niega.

«Reste au moins pour une petite cuillère
De quelques minutes…
Si tu veux, demain,
Je monte les escaliers de l’Oratoire
A genoux, juste pour toi,
Ou si tu le préfères,
Je m’inscris à une maîtrise
A l’UQAM
»

Ella, riéndose, se agacha:

« Mais non, Juan,
Ce n’est pas nécessaire.
Tu sais que je voyage dans le temps,
C’est ma job.
Je suis pressée…
Tiens, je te donne un bisou
Pour que tu t’endormes.
A la prochaine !
»

« C’est ça, va-t-en »,
Repito dejando caer los párpados.

Mientras tanto, afuera,
Y para terminar,
Los policías se retiran a sus iglúes
A beber cáliz Molson
Con sus amigos Motard y Saputo
Y se ponen a contar felices
cuántas multas y palizas
Dieron durante el día
A los habitantes de Montekarma.