
Videoláctico
Alma, anoche vi por la ventana que resucitó la pantera.
¿Te acuerdas cómo la enterramos?
¿Cuánto nos costó cargar sus pieles
Y no perdernos en su negrura?
Anoche, sus garras salieron de la tierra,
su cabeza emergió en remolino,
sus ojos espantaron a las luciérnagas,
sus colmillos…la luna, ya sabes,
el ciberespacio y otras marionetas…
Entonces, tomé mi fusil, lo cargué con balas de verdad,
te arropé para que al abrir la puerta no te resfriaras.
Salí dispuesto a todo, con una corona en llamas,
Como un corazón de película.
La pantera me esperaba sobre el contenedor,
multiplicando los acertijos con los aros de su cola.
Apunté. El fusil era una extensión de mis huesos.
Te digo, Alma, era yo un esqueleto fosforescente
de mirada perdida. Esos ojos de pantera
me desearon como tú.
Disparé,
disparé porque tenía tus ojos de deseo absoluto,
ya sabes cómo temo tu deseo,
(cómo deseo que no me mires
cuando veo matar…)
Disparé. La pantera se salvó volviéndose caballo,
saltos infinitos de panteras en movimiento,
imagen tras imagen;
en mi espalda, el terciopelo de veinte mil genitales,
susurrándome algo que no recuerdo...
Disparé a ciegas, dándome vuelta.
Un punto rojo sangraba en la sombra.
Un punto rojo se apagaba en los ojos de la fiera.
Los gritos rotos de mi cráneo y mi mandíbula,
las balas salpicando su masa,
el tiempo replegándose y gimiendo…
Disparé hasta que llegó la policía.
Al ver el cadáver, me felicitaron,
esa noche darían de comer a los presos.
Al regresar a la cama, noté que roncabas
y que un hilo de plata te suspendía.
Me sentí idiota e indefenso:
¡Cómo quise contarte la historia de la pantera!
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