sábado, 8 de enero de 2022

 

DON’T LOOK UP: LA PERLA (NO) FALLIDA DE LOS NUEVOS TIEMPOS.

 

Juan Munoz

ji.munoz.udm@gmail.com

 

 

1

Luego de que mi ensayo sobre Encanto recibiera una acogida considerable, me han recomendado ver la película Don’t Look Up y exponer un concepto. Para ser sincero, no sé si contaré con la lucidez para enfrentarme a ella y decir algo nuevo con respecto a lo que todo el mundo repite. La verdad, tampoco sé si la lucidez sea un estado mental para analizar esta obra que se nos presenta como una dura crítica de la actualidad y a la gestión de la crisis ambiental y climática.

Debo reconocer que tenía cierta aprensión. Me decían: “¡uf, tienes que verla!”. Así que saqué el tiempo y me senté frente a la pantalla recordando dos textos que me había mostrado el maravilloso muro de Facebook: el primero, un meme en la que está el profesor Randall Mindy, interpretado por Leonardo DiCaprio, respondiendo a un cibernauta que el medio por el cual este último difunde teorías de la conspiración es un resultado del método científico. Es decir, quiere hacerle caer de un aparente sinsentido, una paradoja, una ironía, una falacia, etc. El otro texto es un artículo que cita a Niel deGrass Tyson. Según el astrofísico, esta película es un documental de la realidad. Con estos dos pretextos, un meme y una alusión a lo documental, parto, pues, en mi observación, aunque advirtiendo que no sé si tenga la suficiente lucidez para “mirar más arriba” de lo que puedo.

Lo primero que vino a mi mente antes de coger un papel y un lápiz (lo hago antes de traducirlo en frases más literarias y comestibles en el computador), fue un almacén que había en Bogotá a finales de los años 80. Eran tiempos en que el futuro de la globalización tocaba las puertas de un país desconocido en el mundo, no tan urbanizado, pero aterrorizado por las bombas de los carteles de la droga. El almacén tenía como logo tres elefantes morados que se llamaban: Bueno, Bonito y Barato. Por estas 3B, “bueno, bonito y barato”, se entiende una cosa o producto que atrae a todo público. Para ir al caso de la película que aquí nos ocupa y entrar en una discusión que al menos roce la lucidez, me tomo el atrevimiento de convertir estas 3B en tres categorías de pensamiento. Las 3B de los elefantes o de cualquier producto en el mercado se refiere a lo ético (lo “bueno” porque se nos entrega un producto de calidad), lo estético (lo “bonito” porque el producto se amolda al gusto formado por los estándares) y lo retórico (el precio será siempre el mejor argumento que convenza al bolsillo de damas y caballeros).

De esta manera, extrayendo el carácter anecdotario de las categorías de lo ético (bueno), lo estético (bonito) y lo retórico (barato), y retomando las 3B, lo introducimos a No mires arriba, para obtener: lo báquico (lo ético), lo barroco (lo estético) y lo bizarro (lo retórico). ¿Cansados ya de este caracoleo? No se preocupen, es el mismo caracoleo que propone la película. Pero para ofrecerles una mayor claridad, pongo aquí una breve definición de estos conceptos. Lo barroco lo entiendo desde su etimología inicial, es decir, una perla fallida con respecto al estándar de la perla; lo báquico, lo veo como lo burlesco y lo orgíaco como respuesta a lo escatológico o el fin del mundo; y lo bizarro, lo tomo tanto desde su acepción más bárbara y popular, bizarre, o sea, extraño, raro, weird, y en su acepción más castiza, “valiente, espléndido, lúcido”. Dichas así las cosas, y admitiendo que he cambiado el orden de los elefantes, pasaré, en primer lugar, a exponer lo estético (lo barraco), luego lo ético (lo báquico), y terminaré con lo retórico (lo bizarro) con el fin de meditar en los nuevos tiempos que vivimos.

 

2

        Muchos de ustedes conocerán la obra pictórica insigne del Barroco, sobre la cual se ha derramado mucha tinta por parte de autores como Michel Foucault, y que, de hecho, explica gráficamente lo que por medio de la escritura hicieran Cervantes y Calderón de la Barca en la literatura peninsular, o el mismo Shakespeare en Inglaterra. Me refiero a las Meninas de Velásquez, un cuadro que monta un juego asombroso de espejos y perspectivas. El pintor pinta mirándonos, y nosotros, gente de otro tiempo, terminamos convirtiéndonos en los reyes de aquella época que se reflejan en un pequeño espejo ovalado a espaldas del pintor. A su vez, todo el cuadro es un espejo del cuadro mismo, mientras que en el fondo se escapa un caballero en un haz de luz rectangular, y adelante, al pie del pintor, vemos posar a unas niñas, una enana y un perro.

        El término mise-en-abîme suele aplicarse para la explicación del Barroco, en tanto estética de no solo este período español y europeo, sino a manifestaciones de otros tiempos y latitudes que compartan rasgos formales y comulguen en el espíritu de acaparamiento y profundidad. Una mise-en-abîme se produce cuando una parte de una obra envía explícitamente a la obra entera, al género a la que esta pertenece, o al acto mismo de creación de dicha obra. Por ejemplo, Don Quijote es la traducción de los manuscritos que un caballero de Castilla encontrara pegados a su bota y que escribiera en árabe un tal Cide Hamete Benengeli, es decir, hablamos aquí de la novela dentro de la novela. Y Hamlet lleva una obra de teatro a la corte para desenmascarar al traidor de su tío: teatro en el teatro.

Este mecanismo de la mise-en-abîme permite muchísimas interpretaciones, sobre todo en lo que se refiere al estatus de la obra en cuanto a creación pura y su capacidad para representar la realidad que la precede y hace posible. Mientras muchos ven que Velásquez se sirve de la mise-en-abîme para resaltar su carrera artística, su currículo, su portafolio; otros ven las circunstancias de grandeza y zozobra de la España imperial. A mí lo que siempre me llamó la atención de esos fragmentos de referente reflectores es la enanita que nos mira desde su esfera. Un experto el tema nos dirá quién fue históricamente; pero, para mí, ella en sí es una mise-en-abîme, no solo del cuadro, de la época en que fue pintada, sino del concepto de verdad.

Volviendo a Don’t Look Up, y disculpándome a los que se aburrieron con la digresión expuesta en los párrafos precedentes, la mise-en-abîme es también un componente básico y explícito. Curiosamente, el día en que me pusiera a escribir estas líneas me encuentro otro artículo en el muro dentro del muro del mundo, Facebook, el temido pero utilizado metaverso. Un Tiktokero afirma haber encontrado un error de edición en la pelֵícula, en un momento en que se ve a todo el equipo de filmación, produciendo así una mise-en-abîme de “cine dentro del cine" a lo cual el director de esta le responde: "¡Tienes buen ojo!". Esto lo hizo a propósito. Todo lo contrario, sería un error, de acuerdo a los planteamientos narrativos de la película y de los fragmentos de totalidad que arroja a lo largo, que no se incluyera una toma del equipo de filmación. Una mise-en-abîme explícita en Don t Look Up refuerza la estética fragmentaria de la totalidad, esa totalidad que ya no podemos construir, o no tenemos ya la ilusión de poder construir, pero que estamos representando y actuando en ella desde marzo de 2020, una especie de patético Festspiele forzado por las circunstancias y por gobiernos que son colosalmente malévolos y/o colosalmente incompetentes.

La primera secuencia de la película nos pone ya en este estado. Escuchamos el ruido de una olla que hierve, pero no hay imagen. Somos las ranas dentro del agua que va aumentando de temperatura. El problema es que lo sabemos, lo que aumenta el dramatismo y la impaciencia. Y esto vamos a vivirlo y padecerlo a lo largo de la película, cuando nos ponemos al lado del Profesor Mindy y la estudiante de doctorado Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence) a esperar que la Presidenta de los Estados Unidos de América, Janie Orlean (Meryl Streep), alter ego femenino de un rubio y encopetado antecesor, se digne a atendernos cuando tenemos un asunto de no poca importancia como el mismísimo fin del mundo. Una hermosa metáfora de espera hospitalaria dentro de los sistemas de salud de nuestras naciones contemporáneas, espera en la que un general nos cobra sin darnos las vueltas por unas botellas y unos snacks que son gratis. Una espera o esperan-za que se pone a cualquier medio de salvación y quienes están para ello son mercenarios boquisucios y racistas (Ron Perlman en el papel del coronel Drask) –esperanza que termina frustrada con una vuelta de los cohetes a la Tierra. Una esperanza ultrajada y desposeída cuando nos enteramos de que la salvación de la humanidad solo se da si, y solo si, encaja en los intereses de las multinacionales.  

Al final, distanciándose de otras películas del género como Armageddon, The Day After Tomorrow o 2012, y acercándose más a sagas cómico-cósmicas como The Hitchhiker’s Guide to Galaxy de Douglas Adams en la que una civilización igual de estúpida a la nuestra decide destruir la Tierra con todos nosotros adentro para construir una autopista galáctica, Don’t Look Up nos regala por un instante, una hermosísima pintura de los fragmentos terrestres flotando en el espacio. Con el toro de oro de Wallstreet dando vueltas en el negro abismo pasamos de ese cuadro de Las Meninas de Velázquez a una escenificación sublime del Guernica de Picasso. Los fragmentos de la totalidad ya no están integrados en lo Barraco, sino que navegamos en un cubismo postmoderno. Y ya no encontramos a esa enanita de la verdad. ¿Dónde estás, pequeña?

Pero Don’t Look Up no le gusta abrazar lo sublime. Lo abraza y lo suelta rápido, lo deshace –de eso trataremos en lo retórico o bizarro. Las imágenes de archivo del mundo natural y los animales, que parodian lo que hicieran en la película Lucy, no son suficientes para quedarnos en ese estado de honda meditación. Pueden conmovernos, pero un segundo después, la historia nos está dando una cachetada para sacarnos de ese trance de triste grandeza. No hay tiempo para cursilerías. Ni el sublime kantiano ni el kitsch del arte moderno.

Lo que sigue produciéndose es la tomadura de pelo, incluso después de la muerte de la civilización. Por eso, la historia continúa veintidós mil años después con los sobrevivientes, gente que odiamos y que no nos representa, para escenificar otro chiste: en un planeta de pintura edénica, una extraña criatura, una quimera de cuadrúpedo y ave, una construcción de fragmentos de todos esos animales que nos pusieron antes en las imágenes intercaladas, termina devorando a la Presidenta, cumpliéndose así lo que habían predicho los algoritmos de Isherwell (Mark Rylance). Risa negra y sin ganas, risa impotente, risa parecida a la de aquel idiota campesino eslavo que dejó ensuciar con polvo del camino los testículos del asaltante mongol que violaba a su mujer. 

Esto nos lleva ante todo a considerar el “coñazo” en el que vivimos. Aquí volvemos a la mise-en-abîme: una foto de la Presidenta se hace pública. Al principio, nadie sabe qué es ese pliegue de carne. Resulta ser su vagina. Las redes sociales no harán más que restregar en la cara de todos los usuarios. Es una “mamadera de gallo”, como dicen en Colombia. Esta expresión es justa, aunque dudo mucho que los realizadores de la película en su mundo anglohablante tuvieran consciencia de esto. Por un lado, “mamar gallo” es una expresión para denotar una tomadura de pelo constante por falta de orden, claridad, emprendimiento, empoderamiento. Las cosas están así porque a nadie le importa. Y, por otro lado, esta expresión envía a su oscuro origen. Al parecer, en un momento de la historia en Colombia, hubo algún hombre que, al no lograr satisfacer sexualmente a su compañera con la potencia de su órgano viril, tuvo que resignarse a practicar el cunnilingus. Tanto una tortura para él como para ella, que no disfrutó en lo absoluto porque su Romeo tampoco sabía mover bien la lengua. Así, esta película nos muestra cómo nos masturban sin darnos placer. Más bien desespero. Nos maman el gallo (clítoris) o la verga, pero sin lograr encendernos. Pero aquí ya estamos hablando de lo báquico, lo ético.

 

3

 

Hay una frase que me impactó la primera vez que la leí, pero que hoy en día se ha vuelto cliché. Se trata de lo que dice Zizek acerca del fin del mundo: es más fácil imaginarlo que imaginar una salida del capitalismo. Volviendo a pensar en el momento que la leí, por allá en el 2007 o 2008, y comparándolo con el momento de hoy, 6 de enero de 2022, supuestamente el día 666 después de que empezara la pandemia, me doy cuenta de que hay nuevos matices que se prestan en la interpretación no solo de esta frase, la película, y estos tiempos salvajes. Es como lanzar otra vez una piedra al lago, pero esta vez, además de observar las ondas circulares que se forman sobre el agua, vemos que también el aire pareciera ondularse.

Pero el mundo siempre ha estado acabándose, viven adelantando y atrasando la aguja del reloj apocalíptico, y el capitalismo solo sigue apaciblemente su rumbo. Fue un error de unos ideólogos rusos del principio del siglo XX creer que se podría saltar, de la noche al amanecer, de una sociedad feudal a una sociedad comunista. Lo que Marx dijo respecto a lo de la dialéctica histórica sería lo que se está cumpliendo ahora: el capitalismo se transformará en un comunismo planetario. Y es aquí donde sí se siente el fin del mundo con sus jinetes, dragones y demonios: teorías de la conspiración a la carta, para todos los gustos, como ocurre en otra serie de Netflix que he comenzado a observar, Inside Job (Trabajo Incógnito en Hispanoamérica, o Ultrasecretos en España).

Que el Nuevo Orden Mundial implantará su agenda 2030 y que para ese año no tendremos nada, pero seremos felices, es algo que no puedo afirmar. Pero sí puedo al menos sustentar que la felicidad es una actitud, una ética. Y todo fin del mundo que se respete conlleva una ética. Amigos, si les pidieron como tarea para el colegio o la universidad una definición de la ética, aquí doy una para que la apunten:  actitud que se toma ante el fin del mundo.

Uno de los padres del cyberpunk, Bruce Sterling, nos advertía en una carta por allá a finales de los años 80 (¡tiempos aquellos, suspiro con nostalgia!) que los hombres tenían dos posibilidades ante el fin del mundo: transformarse en ciborgs y ser así “monstruos con esperanza” porque se adaptarán a los nuevos entornos ecológicos y sociales gracias a la tecnología; o, por el contrario, zombificarse aún más ante el estruendo del futuro. Escojan su bando en el nuevo juego Blockchain de Tokens Fungibles Vivientes: Cyborgs versus Zombies. ¡Bienvenidos al desierto de lo real! ¡Bienvenidos al cyberpunk! 

Nunca me fascinaron las películas o series de zombis y la figura del ciborg me parecía hasta hace muy poco una metáfora de un hombre que reducía sus limitaciones físicas con ayuda de una prótesis analógica: una pata de palo, un brazo de acero terminado en garfio, unas gafas o una silla de ruedas. Pero, ahora se está haciendo literal y con alcances insospechados. ¿Tecnología 5G y nanotecnología inoculada que vuelve a la gente zombi o gente adaptada para los nuevos tiempos? Deben ser los demonios que nos topamos al tercer día después de morir, me digo llevándome las manos a la cabeza. Quizás estamos muertos desde el 21 de diciembre de 2012. Río, delirio y vuelvo a ponerme serio. No seré un luddite completo ni pienso refugiarme en el bosque para sembrar lechugas y criar cabras, codornices y conejos.

Solo planteo aquí la necesidad de revisar la ética que se establece entre ser el zombi del pánico o el ciborg de la esperanza. En Don’t Look Up esta perspectiva planteada en su momento por Sterling no se presenta, en principio, tan claramente. Por un lado, no se puede hablar de esperanza, como ya se dijo en la sección anterior, sino más bien de desespero. Y sería difícil buscar una imagen del ciborg o su metáfora. Aunque Isherwell y el oráculo de sus algoritmos se acercan, pero no con un mensaje de esperanza. Por otra parte, zombis es lo que sobra y, me atrevo a decirlo, en ambos lados de la historia relatada por la película.

Don’t Look up propone su propia ética ante el fin del mundo y lo hace, nuevamente, de manera explícita. Ya cuando todo está perdido y la colisión del asteroide es inminente, los presentadores del Daily Rip  (“Rest In Peace”, descanse en paz), Brie Evantee (Cate Blanchett) y Jack Bremmer (Tyler Perry) lanzan esta cuestión: fornicar o emborracharse para hablar mal de otros. En verdad, es una mónada con su dialéctica: invocación ética a lo báquico de la que se desprende la posibilidad de volverlo acto por el sexo o por el discurso de odio (el famoso “hate” en las redes). Brie opta por esto último, mientras que en la terraza de un edificio vemos de lejos la composición de otra obra pictórica: la parte central del tríptico de El Jardín de las Delicias de El Bosco. La gente se entrega a los placeres del mundo antes de que este termine, antes de que veamos la parte en ruinas del tríptico del pintor medieval. Invocan a Baco para arrojarse a lo orgiástico, la apropiación colectiva y corporal del otro, y lo burlesco, la destrucción del otro a través de la palabra. Ya nada más da.

Precisamente se clasifica a esta película como sátira. Sátira y sátiro. Sileno fue un sátiro que prestó sus servicios de mentor a Dionisio, Baco, el Dios de la parranda y el desmadre. Sátira también significa saturación. Por saturación, fragmentación y mise en abîme, se logra precisamente documentar la realidad, como lo explica deGrass Tyson, ya que el documental de por sí, con sus reglas de corte y estructuración formal, no permite entrar tanta información. Es decir, no habríamos podido verlo todo tan ricamente formulado en una película documental de Micheal Moore o cualquier otro, quien nos daría una interpretación reducida y sesgada de la realidad. Don’t look up nos permite no ver “arriba”, donde solo se vería un pedazo de cielo, sino “adentro” (de nosotros mismos) y “afuera” (en la sociedad pre-apocalíptica que se desmorona) por medio de la destrucción orgiástica y verbal.

Terminaré esta sección con otra bondad más de la película en cuanto a lo ético. Nos ofrece la posibilidad de escoger con quién vamos a morir. Y en esto el profesor Mindy pasa de traidor a héroe. Ya es bastante consabido el hecho de que el intelectual, el profesor universitario, no encarna ninguna figura mesiánica dentro de las sociedades contemporáneas. Es tan anacrónico como un cocodrilo. Tanto es así que uno de los mejores profesores universitarios que se haya visto en las películas de este siglo es un hombre cavernícola que no envejece y que, en su momento, llegó a ser el mismo Jesucristo. Me refiero al personaje de las películas The Man from the Earth y The Man from the Earth: Holocene. El hecho de que él haya sido la personalidad más importante de los últimos dos milenios no lo salva del descrédito de sus colegas, de su propia vida de constante prófugo, y del fracaso de su propio mensaje de salvación.

La salvación no puede llegar de Mindy, un profesor tartamudo y nervioso que necesita a Kate, su histérica estudiante, para encontrar la calma. Al principio, la salvación del planeta está en mano de ellos dos en un mundo administrados por zombis y ciborgs. En el camino, Mindy encontrará el éxito a costas de entregar al escarnio público a Kate tras deslizar un pequeño comentario ante las cámaras. Cristianismo a la inversa: el maestro vende a su discípulo. Y a cualquier profesor que le hagan un corte de cabello y barba, le den un poco de coaching médiatico, y reciba agasajos de la parte de Cate Blanchett (¿qué nerd no habrá soñado con ella vestida de reina Elfo?), se convierte en el “astrónomo que todos quieren follar” (ética de lo orgiástico, de nuevo).

Así vemos luego cómo Mindy engaña a su esposa, y si sentimos o no compasión por esta señora, también terminamos nosotros engañados. No hay que asombrase, “Mindy” contiene la palabra “mind”, “mente”, y esta vive engañándonos constan-mente. Es por eso que, como dije muy al principio de este ensayo, es difícil apoyarse en la lucidez para emitir un juicio, no solamente acerca de la película, sino también de la realidad que nos envuelve. La lucidez no es un don en tiempos apocalípticos, todo lo contrario, un castigo. Por eso, paga con más creces la estupidez, o la zombificación, y asumir la ética de lo báquico, ya sea en su vertiente orgiástica, a nivel de fantasía latente en el inconsciente colectivo o en sus manifestaciones concretas en todos los productos culturales, y en su vertiente de verbalización de odio o pulsiones de destrucción que canalizan perfectamente las redes sociales, los memes y los medios de comunicación tradicionales que refuerzan la polarización de la opinión.

De hecho, esta ética de lo báquico se asemeja a las pulsiones de eros y tánatos que el último Freud describiera en Malestar en la Cultura. Solo que ahora, las instancias sociales del super-yo, las figuras paternales de gobiernos o mesiánicas del espíritu (“mind”/mente), están tan erosionadas y perdidas en el laberintos que ellas mismas erigieron desde el inicio de las democracias modernas que ya no es el sentimiento de culpa lo que permita regular las relaciones entre individuos, sino la zombificación y ciborgización a través del ocio y entretenimiento que genera el consumismo y la tecnología. Es por eso que el fin del mundo que nos amenaza no es de orden ambiental o cósmico, sino el advenimiento de un nuevo totalitarismo. Mientras los de arriba, las figuras paternas, nos “maman gallo” y nos venden al mejor postor, nuestra propia lucidez, nuestro mesías, nos traiciona. 

Afortunadamente, el ciborg de la película, el presidente de Bash, Isherwell, arquetípico de esos detestados Bill Gates, Mark Zuckerberg o Steve Jobs, le dará a Mindy la oportunidad de redimirse. Según los omniscientes algoritmos, Mindy morirá solo. Su acto heroico será invalidar este vaticinio: regresar a casa, pedirle perdón a su esposa, a sus hijos, y compartir con ellos y sus amigos la última cena en la que, el único verdadero Cristo de este paseo, el nuevo novio de Kate, un ladronzuelo de supermercados, elevará una oración. Una opción ética más ante el fin del mundo, ya no desde lo báquico sino desde el Banquete, en donde no importa si la comida es casera o de tienda, sino que se hable de amor –ya sea eros (amor carnal), ágape (amor álmico), filos (filial), storge (afección natural), amistad, hospitalidad, etc – y que este mismo amor, que ya no se dirige más como una pulsión de vida, vaya más allá de la muerte.

 

4

 

Hasta aquí me he acercado a la película desde la perspectiva de su estética y su ética. Por un lado, se ha encontrado en lo barroco, más particularmente en la mise-en-abîme, una forma efectiva de reproducir la totalidad de la realidad; mientras que, por otro, con la saturación y excesos de lo báquico se muestran las actitudes frente al fin del mundo, concebido este como una forma de totalitarismo por llegar. Queda por discutir mi última B, la de “lo bizarro” y que está relacionado con lo retórico, el arte de cómo un discurso, fílmico en este caso, logra persuasión.

Las dos primeras categorías permiten fácilmente identificar las virtudes de la película. Quien tenga nociones de cine apreciará todos esos elementos y podrá sacar un goce estético y ético. El que esté acostumbrado a una narrativa diáfana en estructura y mensaje encontrará esta película sumamente aburrida o malísima. Por eso, bien se señala el hecho de que las opiniones están divididas y que Don’t Look Up se ama o se odia. No es precisamente la ganga en el mercado de bueno, bonito y barato.  

 Sin embargo, en lo retórico la cuestión se hace compleja. Tratemos de elucidarla por medio de preguntas y respuestas.

P= ¿Solo se me pide disfrutar la película y nada más?  

R= En lo que a mí se refiere, me costaría solo verla con ese fin. El gusto estético es muy subjetivo en este caso porque depende de impresiones individuales y no respuestas a cánones establecidos. Don’t Look Up rompe los cánones de “buen gusto” (cine de autor) y “entretenimiento” (cine de masas). Podría encontrarse, más bien, un goce, una jouissance, pero como se dijo, en esa película el sujeto está expuesto a “mamadera de gallo” y no busca saciar o llevar al orgasmo. 

P= ¿Se trata de una exhortación para reaccionar y salvar al mundo?

R= Si genera algún tipo de praxis, quizás sí. En lo que a mí respecta, al menos me esforcé en escribir este ensayo que me tomó algunos días, no por lento o falta de inspiración, sino porque tengo otras obligaciones. Esperar que suscite reflexiones y que alguien con mayor lucidez las lleve a otro nivel y, por qué no, en el terreno de una praxis más efectiva (si eso es posible, bienvenido sea).

P= ¿Nos propone una catarsis al modo aristotélico?

R=No. Aristóteles hablaba de la tragedia, un texto teatral dirigido y representando a la nobleza de una sociedad y un tiempo ya inexistente. La película podría tener cabida en las consideraciones de la comedia, dirigida y representando al vulgo. Lastimosamente, lo que haya dicho Aristóteles acerca de esto, se perdió y no figura en su Poética.

P=¿Quizás el Verfremdungseffekt o efecto de distanciamiento brechtiano?

R=Tampoco. A pesar de su mise-en-abîme del cine en el cine, hay que tener muy bueno ojo para notarlo. Desde el primer hasta el último minuto se tiene conciencia de que es una ficción. Ni ver a Mindy impotente frente a las cámaras que van a dar a una pantalla que ven otros personajes y que nosotros vemos en la pantalla de nuestro televisor, computador o celular no nos aparta del contrato de representación de la película. En ningún momento, Leonardo DiCaprio dejará de interpretar a Mindy para interpelarnos y lanzarnos una arenga para que salgamos de nuestro estado de pasividad y complicidad con el sistema.

P=¿Qué hay de la ironía como recurso retórico?

R=Posible, asociándolo a la sátira y entendiendo la ironía como dejar un mensaje contrario a lo que se dice o se muestra, o en términos más técnicos, en enunciar algo contrariamente a lo enunciado. La película en un primer nivel juega muy bien con este elemento: los seguidores del “Don’t Look Up”, con la Presidenta a la cabeza, tienen como lema el título de la película que pretende criticarlos, mientras que el otro bando representa el “Look Up”; Mindy critica a un conspiracionista cuando él mismo está inserto en los discursos conspiracionistas de meteoritos y asteroides que están cayendo cada tres meses a la Tierra; un cartel de promoción anuncia que las palas están a 500 dólares. Se podrían seguir citando ejemplos. Pero, a nivel global, ¿hacia dónde apunta la intención de la película si su forma no va hacia ninguna dirección definida? Es decir, todo está fragmentado y, los fragmentos, dispersos hacia todas las direcciones. Intenten decir lo contario a esto último si quieren encontrar la ironía y su alcance dentro de esta película.

P= En cierto momento me referí a lo sublime, ¿qué quise decir y puedo asumir lo sublime como un elemento retórico en esta película?

R=Tomaré otro ejemplo para explicar esto. El perdón se parece a lo sublime en lo que significa una suspensión del juicio para abrazar otra realidad. El perdón y lo sublime me obligan hacer tabla rasa y a dar un salto en el abismo. En la película se dan dos casos: el perdón que le pide DJ Chello (Scott Mescudi) a Riley Bina (Ariana Grande), y el Doctor Randall Mindy a su esposa, June (Melanie Lynskey). En ambas ocasiones, los hombres piden perdón por una infidelidad y las mujeres aceptan, pero confesando que también tuvieron en cierto momento una aventura con otras personas. Lo gracioso es que los dos hombres reciben este perdón con una mueca de impotencia agridulce para luego abrazar esa nueva oportunidad. De la misma forma, al espectador se le propone abrazar los momentos sublimes de la película, sobre todo, los de la última cena y esa imagen de los fragmentos de civilización flotando en el espacio, junto a las incesantes desilusiones y mamaderas de gallo.

En una escala menor a estos perdones, el Doctor Oglethorpe (Rob Morgan), jefe de la Defensa Planetaria de la Nasa, recuerda haber dialogado con un famoso que dejó salir una flatulencia en el momento de la charla y no se disculpó. Obviamente, aquí no se trata de lo sublime del perdón, sino de un pedo, aunque se pueda perdonar desde una infidelidad hasta un pedo, y en ambos se pueda sacar lo sublime. En principio algo orgánico y natural, pero socialmente sujeto a unas reglas complicadas de espacios y tiempos públicos y privados, el pedo pasa a tener no solo la aceptación o la tolerancia, sino también la categoría estética de “adorable”, según el propio Oglethorpe.   

Tal es el contraste de discursos en la película que se hace imposible reducirla a una retórica de lo sublime, cuando también existen formas que lo contradicen o anulan. La película da caricias y también cachetadas. Asombra y desaíra. Esto solo se puede explicar desde lo bizarro.

 

P= ¿Qué es, pues, lo bizarro y cómo se da en Don’t Look Up?   

R= El castellano nos permite concebir lo bizarro como extraño y valiente al mismo tiempo, uniendo así lo estético y lo ético. Del mismo modo, se puede afirmar que la película por medio de la fragmentación de imágenes y discursos dirige dilemas éticos al fin de mundo con respecto a los límites del paradigma actual, es decir, el fin del mundo. Lo bizarro aparece como una indecibilidad o indeterminación transmitida al espectador. Por eso, Don’t Look Up es extraña y valiente, aunque no sea ni agradable ni contundentemente clara en su propósito. Del mismo modo, extraña y valiente es esa enanita que nos mira en el cuadro de las Meninas. No sabemos exactamente qué nos dice, pero ella es la verdad en su estatus ontológico. La verdad, en medio de la crisis epistemológica de teorías de la conspiración, fake news y pérdida de credibilidad de les poderes políticos, económicos, religiosos y científicos, es una perla fallida en tiempos difíciles.